Dia 3: Excursión en motos de nieve y Trineos con Renos

Suena la alarma temprano y lo primero que hacemos es mirar por la ventana para asegurarnos que estamos en Laponia y que este paisaje tan impresionante sigue aquí, invitándonos a mirarlo durante horas y horas. Son las 8 y no hay ni rastro de la luz azul. Sigue siendo noche cerrada. Hoy preparo yo el desayuno, pero revolver huevos no es lo mío, así que hago tortilla francesa y café doble 🙂

Víctor pone leña en la chimenea y la enciende. La casa está calentita, pero eso de encender fuegos creo que va intrínseco al código genético masculino. Yo lo miro de reojo y sonrío, es algo que le encanta, aunque en este momento es totalmente innecesario. 

Hoy toca montarnos también en un trineo, pero con renos, otra experiencia típica Lapona y además motos de nieve. Solo espero no salir “volando” como ayer… 😉

Después de desayunar toca ponernos capas y capas de ropa… Hoy hace un poco más de frío que ayer, concretamente 26 grados bajo cero.

Salimos de la cabaña, desenchufamos el coche y le quitamos toda la escarcha acumulada. El interior del coche es literalmente un congelador.

Calentando el coche antes de salir.

De camino paramos en una gasolinera y mientras estamos echando gasolina empieza a nevar. ¡Esta nevandoooooo! ¡Esta nevandoooooo! Me bajo del coche como un rayo y miro al cielo. Los copos de nieve me caen suavemente en la cara. Es una sensación que me encanta pero que desafortunadamente no puedo disfrutar todo lo que me gustaría, ya que donde vivimos no nieva nunca.

Feliz con la nevada

Sigo mirando al cielo como si se fuera a abrir una bolsa de nieve y caerme encima. Es una nevada muy sutil, pero es maravillosa. Los copos son perfectos. Extiendo los brazos y abro las manos. Son como el símbolo de la nieve, son copos pequeños y muy suaves, hexagonales, como pequeñas estrellitas. En pocos segundos se derriten en mi mano y desaparecen. Estaría viendo nevar durante horas, pero tenemos que irnos, los renos nos esperan.

Disfrutando de los copos de nieve

Tenemos que conducir unos cuantos kilómetros hacia el norte, pero el paisaje hace que tardemos el doble, ya que vamos observando todo como si de un museo se tratase. Ni  que decir tiene que Vic y yo disfrutamos de la nieve y de los paisajes nevados al máximo.

Llegamos a nuestro destino: Joiku-Kotsamo safaris e inmediatamente nos llevan a la zona trasera de la tienda y nos dan botas de nieve (aunque tenemos la opción de quedarnos con las nuestras), el mono térmico para ponernos encima de nuestra ropa, una malla para cubrirnos la cara tipo pasamontañas y un casco (para la moto de nieve). Después de probar con diferentes tallas estamos listos para salir.

Probando tallas de cascos

El día de hoy consistirá en ir con las motos de nieve a través del bosque hasta llegar a la granja de Renos, para dejar allí las motos y hacer un paseo en trineo de 1 hora con los renos, para después volver en moto de nieve por otra pista diferente al lugar de origen.

Nuestro guía nos da las instrucciones básicas para conducir una moto de nieve, nos ajustamos bien la ropa, el pasamontañas y nos ponemos el casco. El guía irá delante abriendo camino y nosotros 2 detrás en una única moto.

¡¡¡Listos para arrancar!!! 🙂

Empieza conduciendo Victor, a una velocidad medianamente lenta, pero el guía se aleja por lo que Vic empieza a acelerar también. Yo empiezo a agarrarme fuerte. El incremento de la adrenalina es directamente proporcional a mi miedo. Estamos atravesando el bosque muy rápido. Veo pasar árboles nevados de forma muy fugaz. Estoy un poco tensa y eso se traduce en que casi asfixio a Victor de lo fuerte que lo estoy agarrando. A él le parece muy divertido, de hecho le encanta, así que continúa acelerando.

De paseo por el bosque de Laponia

Más rápido va Victor, más rápido va el guía… y así sucesivamente. Estamos yendo por pistas vírgenes, somos los primeros en pasar con la moto de nieve. Nuevamente tengo esa sensación de libertad que sentí ayer en el trineo con los huskies. Noto el aire gélido en mi cara, cada vez es más frío porque cada vez vamos más rápido. Me agarro fuertemente a la cintura de Victor, respiro hondo e intento relajarme. ¡Estamos atravesando el bosque en motos de nieve!

Disfrutando del paisaje

Vamos recorriendo diferentes colinas y subimos hasta una en la que hay un punto de observación de Saariselkä, las vistas son extraordinarias. Aquí cambiamos y ahora soy yo quien va a conducir la moto.

Lu concentrada con la moto de nieve

Comenzamos bajando la colina para adentrarnos nuevamente en el bosque, completamente nevado, en donde sólo se ven huellas de animales en la nieve. Es más fácil y divertido de lo que pensaba, reconozco que me gusta la sensación de ir a toda velocidad entre los árboles y estar rodeados de nieve. Ahora la sensación del viento en la cara es mayor, ya que yo voy delante. Acelerar con una moto de nieve es algo casi instintivo. Sin darme cuenta estoy yendo aún más rápido que Victor. La adrenalina sigue subiendo y yo sigo acelerando por una pista que atraviesa el bosque.

¡¡¡A toda maquina!!! 🙂

Tras 30 minutos de conducción llegamos a la granja de renos. En estas latitudes tener renos es como en cualquier otro país tener gallinas. Es lo más normal, de hecho nos comentan que aquí se valora el poder adquisitivo de una persona en función de los renos que posea y no por el valor de su propiedad. Eso si, nunca le preguntes a un nativo de Laponia cuantos renos tiene, ya que es considerado una falta de respeto hacia ellos, algo así como preguntarle a alguien que cuánto dinero tiene en su cuenta corriente. Nos resulta un poco extraño, pero eso es lo que el guía nos cuenta.

Aparcando las motos

Una vez en la granja, pasamos a la única estructura que vemos en medio del bosque, que no es más que una cabaña de madera circular con un fuego en su interior.

Cabaña Sami

Dejamos las motos por fuera y entramos en la cabaña, donde nos recibe una señora Sami, vestida con la indumentaria típica de Laponia. Una vez dentro nos sentamos y nos ofrece chocolate caliente y también un cocido de carne de reno, pero nos decantamos solo por el chocolate caliente, es un poco temprano para estar comiendo estofado de reno, no obstante la señora no acepta un “no” como respuesta. Insiste y sigue insistiendo. Dice que hace mucho frío para nosotros (que no estamos acostumbrados) y que esa es la mejor forma de entrar en calor. La señora tiene unas chapas rojas y no parece tener nada de frío, nosotros sin embargo estamos helados, así que terminamos comiendo estofado a las 11 de la mañana.

El cocido está al fuego en el centro de la cabaña, la señora abre la cazuela y con un gran cucharón empieza a servirlo en grandes cuencos de madera y nos los da echando humo. Ni que decir tiene que está buenísimo y con el frío que hace hoy este cocido hirviendo, junto con su excelente sabor, hace que repitamos de nuevo.

Probando estofado de Reno

Con la barriga llena y sobre todo caliente, nuestro guía nos invita a salir para ponerle el arnés a los renos que nos llevarán de paseo durante 1 hora alrededor del bosque. Al igual que antes, él irá primero abriendo camino y nosotros iremos detrás disfrutando de las vistas.

Trineo de Renos

Esta vez y a diferencia del trineo de perros, vamos individualmente, Vic va en su trineo y yo en el mío.

Con los renos en Laponia

Es increíble ver con la facilidad que caminan estos animales por la nieve profunda y la velocidad también que pueden llegar a coger, aunque nada comparable con los perros, realmente estamos dando un paseo muy tranquilo con los renos.

Vic en su trineo listo para el paseo

Vamos disfrutando de las vistas mientras continuamos con el paseo a través del bosque nevado de la laponia finlandesa. En un momento dado me percato de una cosa curiosa, al respirar, el aire caliente que exhalo humedece mi pelo, el cual se congela debido al frío para posteriormente partirse… es decir, el pelo se me está congelando y partiendo. Es increíble ver lo que hacen estas temperaturas extremas. Obviamente, al darme cuenta de esto, opto por meterme todo el pelo dentro del gorro, hasta el último mechón.

Disfrutando del paseo en el trineo de renos

Después de una hora de paseo por el bosque, volvemos a la granja para tomarnos otro chocolate caliente junto al calor del fuego de la cabaña Sami.

Tras este breve y reconfortante descanso, nos ponemos nuevamente los cascos y vuelta a la moto de nieve para continuar recorriendo el bosque por pistas diferentes hasta llegar al punto de partida inicial.

Disfrutando del paseo y de las vistas

El paisaje no deja de sorprendernos y de fascinarnos, los pinos tienen las ramas dobladas por el peso de la nieve y están totalmente blancos. No sabemos muy bien por dónde estamos yendo pero sin duda no queremos que acabe.

Invierno en Laponia

Finalmente llegamos al punto de origen, nos quitamos el casco y el mono  térmico y volvemos al coche. Pasamos por el supermercado local para comprar algunas cosas, entre ellas carne de reno y paté alce y de oso.

Como todavía es de día, decidimos investigar un poco por los alrededores y aprovechar el tiempo de luz que nos queda y casualmente llegamos a un lugar muy famoso de este lugar. Un lugar que habíamos estado mirando desde casa para pasar una noche, pero no había disponibilidad. Se trata del hotel que tiene iglús de hielo y de cristal. 

Aparcamos y entramos en la recepción para verlo y tomar algo. Allí nos encontramos con una pareja que al oírnos hablar nos preguntan si somos canarios y nos dicen que les encanta La Gomera y que van mucho de vacaciones a Tenerife. Extrañados nos preguntan qué hacemos en un sitio tan frío si vivimos en el “paraíso”… Estos simpáticos señores finlandeses nos dicen que hace varias semanas que no se ven auroras boreales porque ha estado muy cubierto y ha estado nevando mucho y también nos comentan que el invierno está siendo suave y que por eso no han construido los iglús de hielo, ya que se necesitan temperaturas mucho más bajas… en ese momento recuerdo mis “lágrimas congeladas en las mejillas y el pelo congelado y partido”…pero las temperaturas están siendo suaves… ¡madre mía!, esta gente parece de otro planeta 😉

Mientras los señores me cuentan lo mucho que les gusta Tenerife, Vic aprovecha para ir al baño y pregunta en recepción si hay iglús de cristal disponibles y le dicen que si. Lo veo acercarse súper contento y entusiasmado, ya que sabe la ilusión que me hace lo del iglú.

Viene con la llave y me comenta que podemos ir a verlo, así que me levanto de un salto y nos vamos al iglú.

Iglus de cristal.

Pasar una noche en un iglú de hielo o en el de cristal me había hecho siempre mucha ilusión, es caro, bastante, pero se trataba de un pequeño capricho. Sin embargo, cuando llegué y lo vi una sensación de decepción se apoderó de mí.

El iglú no es más que un habitáculo redondo de cristal con pequeñas cortinas, dos camas individuales y un baño solo con el lavabo y el wc, nada de ducha. En ese momento vi el iglú, las dos camas, el techo de cristal desde donde se veía el cielo cubierto y pensé en nuestra cocina, la chimenea, la alfombra, la sauna… y automáticamente dije: “vámonos de aquí Vic, esto no me gusta”.

Victor no entiende nada, pero por el camino hasta la recepción le voy contando todo lo pensé al ver el iglú y todo lo que tenemos en nuestra cabaña, a la cual estoy deseando llegar precisamente para disfrutar de todo lo que el iglú no tiene. Y así es como cambió totalmente la percepción que había tenido siempre de este hermoso lugar. El idílico y romántico iglú de cristal se convirtió en una especie de jaula incómoda, aburrida y cara.

De camino a nuestra cabaña vemos a lo lejos a unos finlandeses desnudos echándose nieve por encima…Vic y yo nos miramos y nos reímos. Al final Víctor tenía razón, esto es muy normal aquí. Lo de estar desnudos a 20 grados bajo cero después de salir de la sauna es tan habitual como hacer topples en cualquier playa de Canarias. En ese preciso momento supimos que habernos quedado en el iglú hubiese sido un gran error, estábamos deseando encender la chimenea de nuestra cabaña y meternos en la sauna… 🙂

Victor mira el pronóstico meteorológico y parece que habrán nubes altas con tendencia a despejarse según las zonas. El pronóstico de auroras indica actividad baja-moderada, así que las opciones de ver auroras no son demasiado altas.

Preparamos algo para picar y por supuesto encendemos la chimenea. Miramos el fuego casi hipnotizados.

Calentando la casa

Tras probar algunos de los patés que compramos e intercambiar impresiones y sensaciones, nos vamos directos a la sauna. Ya no hace falta que me pregunte si quiero salir a la nieve, hoy soy yo misma quien me levanto de la tabla de madera de la sauna y salgo corriendo hacia el exterior de la cabaña.

Tras la experiencia de ayer, hoy estoy más relajada y disfruto más de las sensaciones y del contraste de temperatura. Es increíble ver como nuestros cuerpos desprenden todo el calor. Parecemos brasas ardiendo hasta que pasamos a parecer cubitos de hielo y vuelta corriendo a la sauna.

Esta tradición nórdica nos está gustando más de lo esperado, por lo menos a mi. Si alguna vez volvemos a este sitio espero tener un lago cerca de la cabaña, estaría genial meterse en el agua helada después de la sauna ;). Tras un par de horas de sauna y nieve decidimos quedarnos tranquilos y relajados y disfrutar de la chimenea y de las vistas desde la ventana.

Miramos el fuego, hablamos, comemos, miramos al cielo desde la ventana, a veces Vic abre la puerta y echa un vistazo desde la puerta, otras veces incluso sale y rodea la cabaña… y así estamos varias horas, las cuales transcurren muy rápido.

Todavía es temprano, son las 7 de la tarde y nosotros hemos leído que las auroras normalmente se ven más entrada la noche, incluso la madrugada. Así que tenemos muchas horas por delante. Seguimos mirando por la ventana y Vic sigue saliendo al exterior de la cabaña de vez en cuando, cuando de repente oigo:

  • “¡¡¡Lu, correeeeee!!!”
  • “¿Que pasa?” – le pregunto desde el sofá mientras miro por la ventana.
  • “¡¡¡ Corre joder!!!”

No pregunto nada, me levanto de un salto y salgo hacia la puerta. Victor está petrificado mirando al cielo, parece como si estuviera viendo un OVNI. Yo estoy en pijama y chanclas, pero me da igual, así que salgo hacia la nieve y levanto la cabeza. ¡¡Ohhhh Dios!!… el cielo está verde. !No me lo puedo creer!. Justo encima de nosotros, de nuestra cabaña, hay una especie de arco iris pero de color verde, un verde intenso. Se mueve, cambia de forma, se estrecha, se ensancha, gira, cambia de intensidad… es como una danza. Miro a Víctor y lo veo emocionarse. Ver las auroras boreales era uno de sus sueños.

Aurora Boreal

Ambos estamos mirando al cielo, abrazados, con ganas de parar el tiempo. Es algo realmente hermoso y fascinante. Las luces del Norte… las enigmáticas auroras boreales son como una bailarina de danza del vientre soltando pañuelos al aire que se contonean en el cielo según el viento. Es mucho más bello de lo que jamás hubiera imaginado.

Aurora Boreal

Victor me dice que entre a abrigarme, estoy en chanclas y pijama de verano con  una temperatura de 28 grados bajo cero, pero me da igual. No quiero entrar, quiero seguir mirando. No sabemos cuánto va a durar, igual son horas o minutos. No quiero arriesgarme a entrar y que al salir ya no esté la “bailarina”… pero el frío es implacable, ya casi no siento los pies, así que lo primero que hago es entrar a por las botas de nieve. Entro y salgo corriendo. Victor también entra, pero saca el trípode y la cámara. 

Entre el frío, la emoción, los nervios y el caos del momento nos cuesta incluso desmontar el trípode y colocar la cámara.

Vuelvo a entrar a por mi abrigo y saco también el de Victor y sus botas. Intento ponerle el abrigo mientras él está buscando las opciones de la cámara: obturador, velocidad de apertura, opción manual… Vic se está peleando con la cámara, los guantes, el trípode, las botas…

La danzarina Aurora Boreal

Seguimos mirando al cielo, ahí sigue. Victor se pone las botas mientras yo equilibro el trípode que se nos está enterrando en la nieve… ufff… esto está resultando bastante complicado, pero finalmente y a duras penas, conseguimos inmortalizar esta magestuosa danza.

Aurora Boreal cambiando de forma

Pasado el momento de caos y de pelea con trípode, cámara, nieve, botas, abrigos, guantes, etc… seguimos mirando al cielo. Aún está ahi, encima de nosotros. Dudamos si coger el coche y avanzar para verla con otra perspectiva, pero el miedo a que desaparezca justo cuando estemos en el coche vuelve a apoderarse de nosotros, así que decidimos quedarnos y verla desde esa perspectiva.

Continua el espectáculo sobre nuestras cabezas

Se mantiene principalmente con una forma alargada y longitudinal, moviéndose lentamente. Nos está ofreciendo un espectáculo tan hermoso que parece magia. Realmente es algo difícil de describir, pero en el cielo hay algo verde alargado que se contonea y cambia de forma y nosotros lo observamos casi hipnotizados hasta que vemos como poco a poco se va difuminando hasta desaparecer ante nuestra incredulidad.

Sencillamente increible.

¿Se ha ido a otro sitio? ¿Ha desaparecido? ¿Y ahora qué hacemos? Estamos casi en shock y seguimos mirando el cielo sin ser totalmente conscientes de lo que acabamos de presenciar.

Después de un rato esperando a que “nuestra bailarina” volviera a aparecer, decidimos entrar en la cabaña para calentarnos junto a la chimenea y abrir una botella de vino que teníamos preparada para celebrar precisamente este momento.

Nos vamos a la cama reviviendo ese momento una y otra vez, hablando de sus formas, colores y movimientos y también de nuestras sensaciones, impresiones y emociones. Cierro los ojos y ahí está ella con su sutil danza…

AURORA BOREAL ( o Luces del Norte):

La mejor época para ver las Auroras va desde principios de septiembre hasta finales de abril, o desde finales de otoño (septiembre/octubre) hasta el comienzo de la primavera (marzo/abril).
Cuanto más cerca estemos del Círculo Polar Ártico más posibilidades hay, ya que en el Circulo Polar Ártico, se divisan unas 200 noches de Auroras Boreales al año, sin embargo en otros lugares como Oslo o Estcolmo son apenas 2 o 3 noches al mes por lo que aquí la suerte jugaría un gran papel. En definitiva los mejores lugares para ver Auroras Boreales son : Groenlandia, Islandia, Norte de Noruega, Norte de Suecia, Norte de Finlandia, Norte de Rusia, Alaska, y Norte de Canada.

Este fenómeno se produce debido a que algunas partículas emitidas por el sol, que llegan hasta nuestro planeta en forma de viento solar, quedan atrapadas en la magnetosfera de la Tierra y debido precisamente a los campos electromagnéticos, estas partículas se desplazan hacia los polos. La consecuencia es que, cuando el nivel de partículas solares se concentra en la atmósfera de los polos, golpean las partículas que conforman la atmósfera terrestre en estos lugares y en consecuencia se emite una luz visible para el ser humano, dando lugar a las auroras boreales (en el hemisferio norte) y australes (en el hemisferio sur).

El viento solar es un flujo de partículas (protones, electrones y otros elementos más pesados) que escapan del Sol y llegan hasta la Tierra. Estas partículas, cuando colisionan con los átomos de los gases de los estratos más altos de la atmósfera, como el oxígeno y el nitrógeno, provocan su ionización. Y estos iones recién formados emiten distintas longitudes de onda, principalmente azulada y verde, los colores más característicos de las auroras.

En muchos sitios se habla de una “hora” perfecta para ver las Auroras Boreales o la hora en las que se ven mejor. En relación a esto tenemos que decir que esta información es errónea. De hecho, las auroras se pueden producir durante el día, solo que con la claridad de la luz azul o de la luz sol, nuestros ojos no pueden apreciarlas. Realmente no existe una hora perfecta para ver las auroras, lo único que se necesita es oscuridad para poder observar el fenómeno, siempre y cuando el viento solar estimule los diferentes átomos en la parte superior de nuestra atmósfera llamada también termosfera o ionosfera.

Publicado por L&V

Viajeros apasionados, incombustibles y siempre listos para viajar :)

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