Dia 2: Excursión de Trineos con Huskies

Un ruido metálico me despierta, huele a café. Bajo las escaleras de la buhardilla lo más rápido que puedo, miro por la ventana, aún es de noche, son casi las 9 de la mañana y todavía es de noche.

Tenemos que recordar que debido a que estamos a 250 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, mientras estuvimos en Ivalo nunca llegamos realmente a ver salir el sol por el horizonte, lo que veíamos era lo que se denomina “luz azul” o luz crepuscular, que es el resplandor del sol antes de que salga por el horizonte, con la única peculiaridad que nunca llegó a salir.  Esta luz azul es la que se considera luz diurna y dura aproximadamente entre 4 y 5 horas, así que teníamos que planear bien todas nuestras actividades basadas en la poca luz disponible. 

Si se quisiera disfrutar de más horas de luz, hay que evitar diciembre y enero. Viajando en noviembre o marzo, por ejemplo, habrán bastantes más horas de luz, no hará tanto frío y seguirá siendo una época excelente para ver auroras y disfrutar de la nieve y de las actividades propias de esta época del año.

Voy hacia la cocina, Victor ya está empezando a preparar el desayuno, huevos revueltos y café con leche. Mi chef no lo hace nada mal… 😉

Después de desayunar toca lo que más pereza me da de este viaje, vestirme, si, han leído bien, vestirme con todo lo necesario para soportar la temperatura exterior: pantalón térmico, camisa térmica, pantalón de nieve, doble calcetín y de los gorditos, botas de nieve en las que hay que enganchar una parte del forro del pantalón de nieve, un polar, un cortaviento, un abrigo de plumas, guantes y gorro. Cuando parezcas el muñeco de michelín estarás listo para salir a la calle. 

Cogemos nuestras mochilas y nos vamos. Al salir percibimos una ligera claridad, está empezando a amanecer. Tengo muchísimas ganas de disfrutar del paisaje de dia. Aún no sabemos con exactitud cuánta claridad vamos a tener ni durante cuánto tiempo. Hemos leído  sobre la luz azul, pero no es lo mismo leer que experimentar las cosas por uno mismo.

Amanece en Laponia

Tras quitar todo el hielo del parabrisas del coche y después de desenchufarlo, lo cual casi se nos olvida, nos vamos hacia el centro del pueblo donde hemos contratado una excursión en trineo con perros huskies. La duración de la excursión es de 4 horas entre Noviembre y Abril e incluye trineo con los Huskies, ropa de invierno, guía, bebidas calientes y seguro.

Tras 20 minutos en coche, llegamos a  Kamisak situado al sur de Saariselkä, donde nos reciben con un chocolate caliente y nos explican en qué consiste la excursión y cómo debemos conducir el trineo. Nos informan de que nos van a dar monos aislantes termorreguladores para que nos los pongamos encima de toda la ropa que ya llevamos puesta…¡increible!  La razón es la baja temperatura del exterior, la cual estará potenciada debido a la velocidad que vamos a alcanzar con el trineo. Simplemente como referencia, si la velocidad del trineo alcanza aproximadamente entre los 20 y 30km/h a -20ºC la sensación térmica es de entre -30ºC / -35ºC, con lo que toda protección es poca.

A mi personalmente me parece algo un poco excesivo, al fin y al cabo son perros, tampoco vamos a ir tan rápido y más aún con el peso del trineo y con dos adultos encima. Pero nos ponemos los monos, los cuales parecen el nórdico de una cama con 5 agujeros, uno para la cabeza y los otros 4 para los brazos y las piernas.  Ahora parecemos astronautas, con tanta ropa encima la amplitud de movimiento se reduce considerablemente.

Vamos hacia la parte de atrás de la casa dónde nos presentan a nuestro guía y éste a los perros que llevaremos en nuestro trineo.  Decidimos ir los dos juntos en un solo trineo, aunque teníamos la opción de ir en un trineo cada uno, yo preferí ir en el mismo. En un principio yo iría sentada y Victor iría conduciendo o dirigiendo a los perros. A la vuelta nos intercambiaríamos.

Nuestro guía nos enseña cómo balancear el cuerpo en dirección contraria a la que se mueve el trineo para hacer  contrapeso y así evitar volcar cuando cojamos una curva pronunciada, nos explica como ir frenando para corregir la dirección o como poner el “freno de mano” que no es más que una pieza metálica en forma de U con pinchos hacia abajo que hace que se ancle a la nieve para ir frenando al crear más rozamiento. Esta pieza va levantada en la parte posterior y la vas pisando según quieras que se frene más o menos el trineo. Si quieres que se pare totalmente tendrás que ponerte de pie encima de ella y hacer fuerza hacia abajo.

Tras esta breve explicación del guía donde nos indica cómo frenar, acelerar o girar, nos ponemos en marcha. Me siento en el trineo y me cubren con pieles de reno, de hecho voy sepultada en pieles. En este momento solo se me ven los ojos y la nariz. Soy una masa azul con dos ojos muy abiertos encima de un trineo. Me sigue pareciendo todo muy exagerado, pero como estoy cómoda y calentita pues yo hago lo que me dicen.

Cuando los perros se percatan de que el guía les está comprobando y ajustado el arnés de tiro a cada uno, se crea un ruido ensordecedor de la ansiedad que tienen por salir a correr. Empiezan a ladrar, aullar y a girar en círculos sobre sí mismos. Se nota que están tan ansiosos de salir con el trineo como nosotros 😊

Disfrutando de nuestros nuevos amigos

Salimos  de la parte  trasera de la empresa y vamos bastante despacio por una pista que se va abriendo camino entre los árboles. Los trineos van en paralelo y el guía va frenando  mientras Victor intenta hacer lo propio con el nuestro hasta que poco a poco se va adaptando a nuestro nuevo medio de transporte. 

A los perros se les ve contentísimos y siguen aullando y ladrando, se nota que quieren correr. Ya nos lo había advertido el guía, la intención es ir despacio mientras vayamos por el bosque, una vez lleguemos al río (congelado)  los perros tendrán luz verde para ir tan rápido como quieran, seremos nosotros los que decidamos la velocidad con el freno de pie. 

El camino hasta el río se hace agradable, vamos yendo por el bosque. Se ha hecho de día sobre las 10 de la mañana. El paisaje es precioso, todo está blanco. Se nota el frío pero es soportable. Victor parece controlar el trineo. Los perros van tranquilos y el guia va paralelo a nosotros en el otro trineo.

Atravesando el bosque

En un momento dado el guía nos avisa que cuando los perros vean el río van a acelerar y que no nos olvidemos de hacer el contrapeso hacia el  lado contrario de donde gire el trineo, Vic le indica con la mano que OK y en cuestión de 20 segundos notamos que el trineo empieza a coger más y más velocidad. El guía acelera  y se coloca delante de nosotros para indicarnos el camino. Desde el bosque vemos la amplitud del río congelado. Por ahí iremos con el trineo en breves minutos. 

Cuando llegamos a la altura del río hay una bajada y una curva cerrada a la izquierda y es en ese momento cuando el trineo empieza a coger más velocidad.

El trineo da un salto brusco y oigo decir a Victor: “¡yujuuuuuuuuuuuu!”… y justo en ese instante noto como el trineo empieza a girar hasta que vuelca y yo salgo disparada con mi super mono termico azul deslizándome sobre la nieve acumulada encima del río congelado. Estoy un poco en shock cuando Victor se acerca corriendo a ver si estoy bien. Estoy perfectamente, pero los perros nos han dejado atrás, ellos han seguido corriendo. Le digo a Víctor que corra detrás del trineo mientras yo me aseguro de que todo lo tengo en su sitio. Realmente sólo me he ido deslizando sobre la nieve y con tanta ropa no he notado absolutamente nada, de hecho podría haber rebotado perfectamente… 😉

 Veo a lo lejos como el guia frena su trineo y salta sobre el nuestro y lo frena. Parece James Bond en versión lapona. Echo a correr  y en un abrir y cerrar de ojos vuelvo a estar sentada en mi trineo, no sin antes decirle a Victor que no quiero salir volando otra vez. El guía nos recuerda lo del contrapeso en las curvas y suelta una carcajada. Al final todo se queda en una anécdota divertida.

Tras el pequeño susto, vamos a toda máquina por el río. Los perros van al galope,o como se diga, alcanzando una velocidad considerable. Aquí no hay curvas, así que dejamos que los perros corran lo que quieran. Victor no frena en ningún momento.

Por encima del rio congelado

El viento gélido me corta la cara, la sensación de frío es casi insoportable. Los ojos se me irritan del aire frío y comienzo con un ligero lagrimeo, pero lo realmente sorprendente es que  las lágrimas se me congelan cuando me caen por las mejillas. Esta sensación es indescriptible, pero básicamente se me están congelando las lágrimas en la cara. No doy crédito. Me pongo una de las pieles en la cabeza para minimizar el frío que me llega a la cara. Ahora entiendo el motivo de tanta ropa, tanto mono aislante y tantas pieles. Me duele la cara del frío, pero el paisaje es increíble y la sensación es indescriptible.

Giro la cabeza hacia atrás y veo a Vic, tiene una sonrisa que le llega de oreja a oreja. Me levanta el pulgar en señal de que está bien y yo hago lo mismo.

El paisaje es realmente de película y la luz azul, que ahora sabemos lo que es, le proporciona un encanto especial. Con un sol radiante esto se vería diferente, no sé si mejor o peor, pero de lo que estoy segura es que este momento es único.

A toda velocidad

Vemos como el guía gira  en un lateral del río y esta vez si hacemos el contrapeso correcto para evitar volcar nuevamente. Llegamos a una zona boscosa en donde hay  una tienda tradicional. Ahora toca “aparcar” los trineos y entrar en calor en el interior de la tienda.

Tienda tradicional

Aquí nuestro guía prepara una fogata y tomamos algo caliente mientras nos cuenta cómo es la vida en esta región tan inhóspita de Europa. Para nosotros es una novedad que solo va a durar unos días, pero obviamente vivir aquí, invierno tras invierno, debe ser muy duro, especialmente cuando no hay ni una sola hora de luz, ni claridad, ni nada de nada, simplemente 24 horas de oscuridad día tras día. 

Después de un rato en el interior de la tienda salimos a jugar con los perros y a disfrutar del paisaje.

Ansiosos para ponerse a correr nuevamente

A medida que nos vamos acercando intentan lamernos de arriba abajo y no paran de saltar y corretear a nuestro alrededor, se les ve felices, es obvio que están en su medio. 

Huskies felices y nosotros aun más

Es la hora de realizar el camino de vuelta y en teoría ahora soy yo la que va a dirigir los perros y llevar el trineo. Evidentemente el camino de regreso se hace más largo, yo voy mucho más despacio que Víctor. 

La sensación de libertad mientras atravesamos el río congelado es indescriptible. Veo a los perros correr y todo lo que veo es nieve. Mire hacia donde mire todo es blanco.

Disfrutando al máximo y los perros también

Seguimos la ruta a lo largo del río hasta que entramos de nuevo al bosque en donde paramos en un par de ocasiones para intercambiarnos las riendas del trineo. Después de haber perdido el miedo tras el pequeño incidente inicial nos sentimos mucho más seguros con el trineo.

De vuelta a casa

Han pasado ya 4 horas desde que salimos con los perros y ya se está yendo la luz, así que nos dirigimos al pueblo.  Cuando llegamos, el guía nos pregunta si le queremos dar de comer a los perros, a lo que ambos respondimos que si.

Listos para darles de comer

Los vamos sacando del arnés y lo único que quieren hacer es lamernos  la cara y seguir jugando con nosotros y eso que no han parado de correr durante casi 4 horas. ¡Vaya energía que tienen estos perros! 🙂

Futuro corredor!

Tras despedirnos de nuestros amigos caninos, nos vamos a nuestra cabaña para preparar el almuerzo, encender la chimenea y esperar a que se haga totalmente de noche para ver si hoy hay suerte y vemos las auroras boreales.

Laponia en invierno

Después de comer y descansar un poco, nos percatamos que ya es totalmente de noche y solo son las 3 y media. Según hemos leído, las auroras se producen bastante más tarde, así que tenemos muchas horas por delante de oscuridad. La cabaña no tiene televisión, lo cual no es un problema  (al contrario), pero tiene una chimenea y una alfombra muy mullida y también sauna. Así que pasar las horas de oscuridad de la tarde no nos supone ningún problema… 😉

Tras un par de horas Víctor me explica  las tradiciones del uso de la sauna en los países nórdicos, en dónde pasas de estar en una sauna a +80ºC para luego salir al exterior y si tienes un lago cerca pues meterte en el lago, o simplemente salir y entrar en contacto con la nieve o con la temperatura externa, que en este momento es de – 18º C.  Así que Victor me propone salir en pelotas de la sauna e ir al exterior. Una diferencia de casi 100ºC. Lo miro, me rio y le digo que si está loco. Automáticamente me pongo a enumerar los muchos motivos por los cuales no lo voy a hacer… sin embargo, no sé cómo pasó ni cómo me convenció, pero casi sin darme ni cuenta me veo  delante de la cabaña, rodeados de nieve, desnudos y a casi 20 grados bajo cero, pero no siento nada de frío.

Nuestros cuerpos están echando humo del calor de la sauna y eso evita la sensación de frío. Tras poco más de un minuto empezamos a notar la  gélida brisa de la Laponia y volvemos a entrar corriendo a la sauna, donde estamos unos 10 minutos a 80º C para volver a salir corriendo al exterior. Esta costumbre nórdica nos resulta tan divertida y sobre todo tan atípica a lo que estamos acostumbrados que la repetimos muchísimas veces.

Disfrutando de los cambios extremos de temperatura 🙂

Aguantamos lo más que podemos en la sauna con un calor asfixiante, para luego hacer lo mismo pero en la nieve mientras vemos como nuestros cuerpos desprenden el calor.

Llega un momento en el que nos reimos hasta de nosotros mismos… ¿y si nos ve algún vecino?… “No creo que se vaya a sorprender lo más mínimo”, me responde Victor.

Así que como es algo típico de la zona, unido a que no vemos absolutamente a ninguna persona en los alrededores y potenciado por la famosa frase que todos pensamos cuando estamos de viaje: “aquí no me conoce nadie”… pues continuamos durante varias horas corriendo desnudos para el interior de la sauna y nuevamente para el exterior de la cabaña. Hay un momento en el que Victor se tira en la nieve y se reboza como una croqueta, no puedo parar de reirme hasta que miro hacia la puerta y la veo cerrada. Tras unos segundos de pánico le pregunto a Víctor si él ha cerrado la puerta, pero él no ha sido y yo tampoco… ¡No puede ser que estemos desnudos en un pueblo de Finlandia y no podamos entrar en la cabaña!… ¡no puede ser!… corro hacia la puerta y ésta se abre… Ufff… menos mal, la puerta se puede abrir por fuera. Es evidente que los finlandeses piensan en todo. Seguro que a más de uno le ha pasado lo mismo.

Después del pequeño susto donde nos veíamos yendo desnudos a pedir ayuda a alguna cabaña cercana, decidimos darnos una ducha, vestirnos y salir con el coche a la caza de auroras boreales.

El pronóstico meteorológico da cielos cubiertos y el pronóstico de auroras boreales da intensidad baja, así que no tenemos muchas esperanzas. Lo más probable es que no hayan auroras esta noche, pero aunque las hubiera, con el cielo cubierto tampoco las veríamos, igual  que anoche. No obstante salimos y recorremos la carretera que va hacia el norte durante una hora. 

No hay contaminación lumínica de ningún tipo, pero tampoco hay rastro de auroras boreales. Miramos al cielo y está totalmente cubierto. No se ve nada, pero antes de dar la vuelta paramos el coche, apagamos las luces y nos bajamos. La oscuridad es absoluta y el silencio es aterrador. No hay nadie y no pasa ningún coche en ningún sentido, ¿dónde están los finlandeses?, en la sauna supongo… al pensarlo no puedo evitar reirme.

Paisaje nocturno

No somos expertos, pero no parece que se vayan a ver, tampoco hoy, auroras boreales. Aún así estamos otra hora más dando vueltas con el coche en la gélida noche lapona hasta que decidimos volver a la cabaña. Ya habíamos tenido suficientes emociones para un día 😉

Publicado por L&V

Viajeros apasionados, incombustibles y siempre listos para viajar :)

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